lunes, 8 de febrero de 2010

Un hombre en llanto.

Alguna noche, fui a la sala de ensayo a tomar un vermú. Ya hace mucho que no voy a tocar ni a ensayar. Un amigo me necesitaba y fui a buscarlo. No lo encontré por la barra, tampoco en la cocina ni por ningún lado. Pero sabía dónde podía estar.
Salí al patio y subí por la escalera que conducía a la terraza: 7 fierros con forma de U, amurados contra una pared despintada y resquebrajada.

Ahí estaba él. Hecho bolita, con la cabeza entre las piernas. Oculto. Su cara no se veía en la sombra pero sí las lágrimas abrillantadas por los carteles de la avenida.
Escuché atento a todo lo que me dijo entrecortado por el llanto. Cuando nos paramos para bajar, el quiso verse forzadamente centrado y arreglado. Lo abracé y rompió a llorar en mis brazos.

Qué sensación extraña, la de un hombre quebrado en los brazos de un amigo.
Lo deja a uno sin saber qué hacer y pensando en una idiotez: Que nadie me vea por favor. A ver si me gritan "trolo" y tengo que ponerme a hablar de fútbol con voz gruesa, para contrarestar el efecto del insulto equívoco.

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A Sala el Refugio.

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